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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Con el dedo en alto. Ponte detrás“Sin crisis no hay méritos, lo dijo Einstein, ¿sabes?”. La mujer que tantas mujeres ha sido asiente con la cabeza y se me viene muy cerca; tan cerca como para tocarla. “De la crisis —dice fijando su mirada en la mía— saldrán sólo dos tipos de personas: los que crean que se trata de una oportunidad para venirse arriba, aunque carezcan de medios para ello y tengan que improvisar un día sí y otro también; y quienes en la subida, sean dignos de ser arrastrados por aquellos”. Después me da la espalda, me pide que le suba la cremallera de una piel nueva y se va haciéndome señas para que la siga: “ahora ya sabes dónde ponerte”. Viernes, 20 de Febrero de 2009 22:15. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Con el dedo en alto Hay 4 comentarios. Un día es un díaHace poco se celebraba el Día de la Mujer Trabajadora (al que yo llamaría sencillamente el Día de la Mujer, aunque esta cosa va en matices y a por esos no he venido). El caso es que ayer, repasando El País del sábado, vi una noticia a la que todavía no he conseguido sobreponerme. Dice así:
La noticia venía así, con calzador y metida entre otras mil, como es natural entre un diario de gran tirada. Pero que fuera en presencia de sus cuatro violadores y otros doscientos hombres donde tuvo lugar el castigo no es el peor de este crimen. Sin duda lo más grave es que caerá en saco roto en nuestras memorias cuando deben ser muchas, muchísimas las personas que leyendo ésto sientan quebrarse en su corazón el más íntimo de los hilos. Es tan indignante, humillante, cruel y maldito el hecho, como el olvido. Esta es la mejor manera de celebrar el día de la mujer, sentándonos junto a las víctimas, recordando el mayor tiempo posible su terrible historia para ponerla donde más luz le de, donde más ojos puedan verla y donde se pueda gritar un basta ya que agarre con fuerza ese brazo que con tanta facilidad suele levantarse contra los más débiles. Las mujeres y los niños. ![]() Once de marzo![]() Lamentablemente hemos madurado mucho con esta desgracia, nos ha hecho creer en lo frágiles que somos, en que la muerte y su infame onda expansiva puede instalarse cualquier día entre nosotros que aún así, sacaríamos fuerzas ahora no sabríamos decir de donde para sobrevivir, para contarlo e incluso para aprender de ello y enorgullecer a los que vendrán detrás. Pero aquellos en quienes confiamos, aquellos que sin importar ahora el signo de su ideología recibieron nuestro voto porque están claramente más preparados que el resto y se presentaron voluntariamente para gobernar, para discernir lo justo de lo injusto, lo procedente de lo improcedente, diferenciando lo que es necesario de lo que no, han mediatizado el horror a su antojo y convertido el dolor en un arma arrojadiza con la que sacar cabeza y barriga. Son irreconocibles como seres humanos, deshumanizan la política, deshumanizan el mundo y transmiten frio con suficiencia. Con su vergonzosa actitud, agravan la sensación de desamparo que, no debe extrañarnos, a estas horas habitará en las víctimas no sólo del once de marzo, sino de todas las que desgraciadamente han sentido hundirse en su cuerpo o en el de sus queres querido, el odio de los demás. Ojalá recuperen la cordura y el sentido común, y sepan encontrar la verdad. El defecto mariposaHay que ver lo poderosa que es la información, lo cotilla que se puede llegar a ser, y lo difícil que es mantener la imagen en este medio si es que alguien se empeña en echarla por tierra, digamos, en un foro comunitario. Dicho de otro modo: tergiversa que algo queda. El defecto mariposa comienza el mismo día en que dos personas se aburren y a una, oh los caminos de la sub-inteligencia son insondables, se le ocurre soltar en voz alta lo mal que se ha portado Sotanita con Menganito; cosa (indescifrable y desconocida afrenta, por lo visto) que hace que Menganito, solo hay que verlo, esté como está *. Pues no se hable más, grita la voz de los superhéroes cotillas, a Sotanita hay que ponerla en su sitio. ¿Qué sitio? Ah, eso ya lo iremos viendo sobre la marcha pero de momento le vamos a hacer gordo el caldo comunitario y veamos qué tal reacciona. Si Sotanita no pierde los nervios, nosotros siempre podemos perder la educación, porque exactamente, exactamente, no me preguntes de qué va esta historia, pero se intuye de contenidos; fíjate si será que el otro día tomando café me contaron que alguien había dicho por el Messenger que si Sotanita esto y aquello. Imagínate. Y cágate lorito. Tiene que ser de armas tomar, que mírala, aparentando además que no ha roto un plato y comportándose con total normalidad. Querida, ya sé que ni nos va ni nos viene, pero estas cosas yo no las puedo tolerar, así que lo hago cuestión personal y ancha es Castilla. De los nervios me pone. Y así de sencillamente los superhéroes cotillas (que no nos engañemos, normalmente son superheroínas cotillas), sin saber de la misa la media o lo que es peor, sabiendo sólo una versión de la historia (aunque aquí lo que enciende el pelo no sea medir qué grado de conocimiento se aporta, sino el de participación en los asuntos de los demás), hinchan el buche, se colocan en la puerta del foro y cada que pasa Sotanita le sueltan una colleja. Plas. Y cuando habla, le sueltan otra. Plas. Y si rechista, otra. ¿Aquí qué más dará no tener mi pajolera idea de quien es Sotanita ni de lo que le trae o le lleva? ¿A santo de qué no aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, para echarle en cara en un foro sobre la menopausia lo mal que se ha portado con Menganito, como quien no quiere la cosa y silbando? ¡anda ya! ¿Por qué contar con lo que se sabe de ella por sus palabras, por ella, por la impresión que limpiamente se pueda uno crear (buena o mala, que a Sotanita ya le ha salido pelo en el pecho para saberlo), pudiendo actuar en función de lo que se ha conocido en franco cotilleo? ¡No tendría ninguna gracia, hombre por favor! Esto es la salsa de la vida, y a falta de pan buenas son tortas. Aquí puedo estar yo, que no me he echado una mancha en mi vida, que no me huelen los pies y que no tengo nada que echarme a la espalda, con todo el derecho del mundo a soltarle chilindrinas a Sotanita, que alguien tiene que hacer el trabajo sucio porque Menganito, míralo, es que no levanta cabeza. Pobre. Total, que Sotanita, que carece de información personal con la que devolver el golpe —ni falta que le hace porque con lo suyo va tirando divinamente— y ante la imposibilidad física y mental de ponerse a esa altura, prefiere renunciar a seguir divirtiéndose (con los ejemplares dignos de admiración y respeto que también encuentra en el plano medio y a los que da mucha, pero que mucha rabia perder de vista), renuncia digo, antes que seguir engordando un caldo que hasta el mismísimo Menganito, sin caérsele la cara de vergüenza consciente de la injusticia y del despelote, ha sido capaz de jalear. Así que una tarde se despide, y hasta la despedida, mira tú por donde (peculiaridad típica de los foros cibernéticos, “tanta paz lleves como gloria dejaste”), se convierte en una farola donde ir a levantar la pata. No hay uno, digo bien, no hay uno sólo de los superhéroes cotillas que no desee seguir dando vueltas en la chepa de Sotanita, y jolín, privados de su juguete y habitual saco de arena, se ven obligados a decir la última gracieta protagonizando, además, capítulos de risas posteriores bajo el epígrafe “pues si no sabe aguantar una broma, que se marche del pueblo” y en el que Menganito, al fondo, también se honra repitiendo aquello de “han matao a mi hijo, pero ¿y lo que me he reío?” demostrando, al menos a Sotanita, que los intermediarios superhéroes cotillas tienen un ombligo muy sucio que valdría la pena revisar y que el defecto mariposa comienza en Tombuctú y acaba en el clic que borra el foro de Favoritos. Bien, poco importa ya, no hay que sobredimensionar porque además de cornuda, Sotanita tiene que ser apaleada silenciosa y no quejarse ni dar el espectáculo porque cada cual tiene que ser consciente de cual es su sitio (el famoso sitio de antes, vaya) y honrarlo, respetarlo y cuidarlo hasta el fin de sus días o hasta la llegada de nuestro gran e insigne salvador, el aburrimiento. Desde la perdición, informando en directo, la mala de la película. (*) Ojo, es de suponer que Menganito y Sotanito tienen un pasado que es suyo, vamos de ellos, y si tienen algún problema lo resuelven entre ellos, vamos, los dos, por los medios que consideren oportunos, equivocándose o no, porque presumiblemente por eso están las cosas así de mal como están. Y así. La alta tecnología y servidora "Ha tres noches, lalá, que no duermo, lalá, de pensar en mi pollito, lá-lá" No, no era ésto lo que quería contar. A lo que vamos. Lo que yo pretendía era levantar, romper y después colgar en una pared del salón, una lanza por todo el que como yo no sabe usar una grabadora (ignorancia que hago extensiva a cualquier otro hardware y software de reciente incorporación al mercado informático). Sí, ese artefacto del demonio que te instalan diciéndote que es prácticamente imposible no saber usarlo a la primera ("yo ahora me voy, pero tú ves bajándote este programita que cuando lo leas, pin-pan pin-pan, ¡lo coges al vuelo!"), que viene con un manual para imbéciles, y que una vez probado y vuelto a probar, y requeteprobado hasta haciendo el pino puente, una no consigue utilizar. El caso es que estudié algo de ésto, debería defenderme mejor. Pero no. No acabamos de llevarnos bien. Cualquier novedad que vaya a incorporar a mi ordenador me conduce a infinitos bucles de los que aprietan más que una faja, ¿debería encomendarme a algún santo? (verás tú como va a ser eso). Me pierdo, tecleo una unidad por poner algo, una carpeta por decir una, un programa por no callar. Como con la grabadora, igual: "sí, bájate el Nero, ¡pero si está tirao!", sí, estará tirao pero para el personal de la NASA, coño, que hay que ver. Que si Video, Video RS, o NR, o no sé. Que si grabar Datos, o extensión .avi, o .rar o .obd o .leches. Esta cosa no se funde conmigo, somos como el aceite y el agua, ya le he dedicado al asunto más de un mes y aún soy incapaz de cambiar la extensión de una película (mucho menos de grabarla) ¡Robertokles que te veo! (se está riendo, se está riendo, grrrrr) Lo peor del caso es que la culpa es mía. ¿A santo de qué permitir que el que me la instaló saliera pitando sin hacerme una demostración de las maravillas del cacharro? Pero qué voy, ¿de sobrada? Pero Rosa, hija mía, la próxima vez si hay que atar a alguien o parecer lo que eres (gilipollas, lo que soy es gilipollas), a ver si nos vamos enterando, lo haces. He estado en casa de mi hermano viendo como él la usaba. En la de mi hermana con mi cuñado. No babeé porque está feo ¡Allí obecede, achanta, hace sus funciones, dobla el lomo! Pero no, aquí ni de coña, porque cuando llego a casa la muy tiene comandos de los que ellos carecen, y un simple "Examinar" echa al traste todo cuanto ya sabía. Una odisea, ríase usted de Homero. Y por cierto, ¿qué le pasa al idioma español que no está en ninguno de estos programas? ¿Pero a quién hay que reclamar, mandar a tomar por hichi o meterle la grabadora por la oreja? Me rindo. Ahora mismo quemo la caja de cedés vírgenes y las fundas que tenía preparadas para las películas. Si ya lo dijo Einstein: "El tiempo existe para que las cosas no pasen todas a la vez", y se ve que a mí aún no me ha llegado la hora de controlar esta histeria. Por supuesto, ésto que no salga de aquí, tengo una reputación que mantener. San Valentín, yo no te olvido Vamos a ver, ¿no estamos todos (y cuando digo todos, no quiero decir otra cantidad salvo la que digo) detrás del triunfo del amor, de la pasión, del happy-ending? ¿no nos gustan los finales felices más que el jamón serrano? ¿los poemas de amor: Neruda, Bécquer, etc.? ¿No alardeamos de tener un corazón en el pecho? Pues si es eso así, y somos de los que lloramos viendo las películas con finales psicológicamente satisfactorios para nuestro sentido y nuestra sensibilidad, si eso es así, digo, ¿por qué no nos emociona igualmente que el príncipe Charles y Camila puedan, después de una barbaridad de años de esperarse y amarse a escondidas, casarse y vivir juntos para divorciarse tirándose los trastos a la cabeza dentro de siete u ocho años como todo el mundo? ¿Pero qué tienen estas criaturas que no tengan Solal y Ariane? ¿Romeo y Julieta? ¿Qué ella es qué? ¿Qué ella es fea? ¿Quién ha dicho que esa mujer sea fea? Y si lo fuera (que yo no lo creo), ¿no tienen los feos derecho a enamorarse? ¿Qué pasa, que los finales felices, los príncipes y la sangre real son sólo para guapos? ¿Pero es que no son seres humanos igual, los feos digo, y no merecen ser felices como, cuando y con quien les dé la Real? (¿a que todos éstos argumentos parecen tan obvios que es absurdo recordarlos? Pues va a ser que no.)Cada vez que leo en algún medio de comunicación lo fea que es esa señora, se me van las pantorrillas al techo. ¿Cómo es posible que a estas alturas, en los medios de comunicación serios y naturalmente en los frivolones, se eleve a sorna y cachondeo el aspecto físico de alguien? Me parece vergonzoso. Me indigna seriamente. Sólo tengo que ponerme en el pellejo de esa señora e imaginarme enamorada de un señor (porque una se enamora del señor, no del príncipe de Gales) inconveniente, casarme con otro amándole a él, llevarle en el corazón un infarto de años, verle casado por obligación con una mema (que en paz descanse, pero lo era), hacer el paripé un día detrás de otro, un año detrás de otro cuando lo único que me importa es nuestra felicidad, la suya, la mía, y verle enviudar, tener que mantenerme en segundo plano, siempre detrás, segundona a los ojos de todos (aún sabiéndome primera, única y última para quien más me importa) escuchando los comentarios de los demás ¡encima! sobre mi imagen y la poca justicia que hace a lo que siento (y no sólo de boca en boca en mi propio barrio que ya sería un horror, no, ¡en el mundo entero! ¡en los medios de comunicación del mundo entero!). ¿Qué? ¿Le metemos un enfermo a la historia para hacerla más triste todavía? En fin, esa señora a estas alturas (como cualquier señora en sus circunstancias, porque quitando el título ésto le puede pasar a todo el mundo), sin ningún obstáculo que le impida que ese señor sea al fin su tampax, debe sentirse feliz y andará curándose poco a poco las heridas que la vida haya dejado en su corazón, y yo la felicito, y la comprendo y si me apuran, hasta la envidio. Me ha alegrado el día de San Valentín y a muchos les ha dado con la puerta en las narices. Bien que me alegro. Ojalá y por muchos años. Y de fea nada. Tú, ¿cuántos años tienes? Imagen: Noah GreySolía pensar que existía una amplia diferencia entre lo que estaba bien, y lo que estaba mal. Que el espacio que se abría para decantarme por una opción u otra era lo suficientemente claro como para no caer en duda alguna. Para no errar. No es cierto. Hay determinadas cuestiones que son fáciles de solventar: o se es del Real Madrid o se es del Barcelona, fumador o no fumador, rubio o moreno (vale, esto viene ya de fábrica a no ser que tiremos de tinte). En cambio hay otras donde el paso de lo acertado a lo falible es muy corto, donde no hay claridad ni muchísimo menos, donde uno va avanzando dando palos de ciego y sale lo mejor que puede, medite o no medite, que igual da. El caso es que cuando todo lo que tienes en este mundo es un martillo, todo se te vuelven clavos, y de ese modo, cuando estás embarazada lo único que ves en el mundo son barrigas y si separada, lo más habitual es topar con personas que están pensándoselo (y te consultan, y se fijan), o que están en ello. Como es natural, también hay un período en el que no ves una sola pareja feliz, y si la ves, está verde como las uvas. O lo que es lo mismo, “algo tendrán, porque en todas partes cuecen habas”. Vamos, que uno mismo se niega que exista la felicidad que acaba de negársele, naturalmente (aunque después, con el tiempo, vayas recuperando la fe). A las personas que están en proceso de separación sólo se les puede observar de lejos. No es conveniente acercarse demasiado. Es un período personal, un reto del que hay que salir airoso por el propio pie. Cuesta, pero se sale. Se sale estupendamente. Yo recuerdo cuando estaba a las puertas de hacerlo y sentía un nudo en la garganta, un nudo que apenas me dejaba hablar. “¿Voy a tirar por tierra lo que tanto me ha costado levantar, sólo porque no soy tan feliz como me gustaría ser?”, “¿Y si espero un poco a ver?”, “Volver a empezar… “, “Y ¿cómo lo tomarán los niños, tan pequeños?”, “¿Qué dirá mamá, qué dirán todos?”, “¿Qué estoy haciendo aquí?”, “¿Dónde voy a ir, si total, todo será igual y más vale malo conocido…”. Son muchas las preguntas que resbalan un día y otro dentro de las zapatillas de estar por casa. Te las pones y parece que estás calzándote dos losas, dos yunques, dos plomos. Dos miedos como dos catedrales. Pero no es éste amigo de hoy, no, ni el primero ni el último de los que veré padecer por decisiones semejantes, pasando un miedo atroz y costándole la vida decidirse. Yo les tomo la mano, sonrío y les pregunto: “¿Cuántos años tienes?”, responden, “tantos”, hago una resta mental deduciéndole éstos a lo que dicen los expertos que andamos durando y al contestarle, “te quedan –equis- años de vida” acaban también sonriendo. Y es que la vida es algo más que mantenerse, que durar. Es caerse, arrodillarse, hostiarse, creerse muerto. La vida está llena de golpes que dañan y que hacen dudar. Repleta de momentos donde uno quisiera no estar en su pellejo y tomar el del primero que se le cruce. Hay cantidad, pero cantidad de circunstancias en las que sería mejor cerrar los ojos y descansar para no pensar, para acallar a la voz que llevamos dentro. La vida es de común, bien puta. Pero si hay algo que sí tiene, siempre según yo y nadie más, es que, a pesar del destino y de lo que nos depara, nos da cierto margen para tomar las riendas y poder decidir qué, quién, cuánto, cómo. Cuándo. A veces el cuándo es inmediatamente, es ya. Debió ser ayer. A veces aprieta, pero nunca ahoga. Por eso hay que saber, es importante saber, que por muy mal que parezcan ir hoy las cosas, hay una oportunidad para ser feliz. Que no caduca. Que está ahí. Quieta. A veces llamando a nuestra puerta a gritos y otras, saliendo por detrás de todas las cosas y las personas haciéndonos guiños. Desesperados o juguetones. Guiños. Incluso es posible que de puro equilibrio, no la veamos jamás. El miedo a separarse no es más que un miedo al cambio, pero ¿qué tiene de malo un cambio si donde estamos no somos más que un mar de dudas y de agonías? ¿qué más podríamos perder? ¿qué? ¿qué tiene de malo darle cancha a la oportunidad y probar? ¿Que no está claro? ¿Que hay que liarse la manta a la cabeza y atravesar el desierto sin cantimplora? Volvemos a lo mismo, ¿tú cuántos años tienes? Al compás, al compás (anecdotario del placer discotequero) Imagen: Round hereDecía Shelley que el conjunto de los poemas escritos, forma por sí mismo un gran poema del que todavía no tenemos conocimiento, y algo semejante, aunque llevado al terreno de lo absurdo, podría decirse de la transpiración humana en un garito musical en el que sin excepción, todos los asistentes sudan al compás, expulsando lenta y continuamente gotas que invitan a pensar que el rito forma parte de algo que no consigo adivinar, algo superior. Pero, ¿el qué? Dentro y casi a oscuras, paseo entre las caras sudorosas y encuentro miradas que me desnudan, otras que me sonríen, ojos que se atiborran de humo, que resueltamente se divierten y así lo muestran. Pero el sudor de sus caras, el esfuerzo que reflejan, el tacto de sus pieles brillantes no debería ser sinónimo de felicidad, si no más bien de todo lo contrario. Aún así se obstinan como fieras en permanecer allí. Decididamente es un espectáculo aterrador, algo que habla de cabezonería humana, de tozudez extrema, de soledad, de afectos no encontrados en un mismo latir, cada uno en su losa y sin salirse de ella, mecidos por un incesante chin-pam-pum, como si se tratara de un canto místico, de un ritual. Pero, ¿con qué objeto? Se mueven en escaso margen de espacio, agitan sus miembros y haciéndolo, gotas de sudor caen el suelo e impregnan el ambiente de una nube que lejos de elevarse, permanece cerca del suelo mojando y cansando a cuantos no abandonan, y a mí, que me restriego contra decenas de personas que me mojan con su humanidad. Tanto, que cuando consigo llegar a la barra ya no soy yo, somos ellos y yo. Nadie lo hace queriendo, todos desearían no sudar, pero lo hacen, y parecen querer que sudes como ellos, que te iguales, engullirte. Y hasta que el agua clara bañe mi cuerpo y todas esas esperanzas, toda esa cabezonería, tozudez, soledad y afectos no encontrados se pierdan por el desagüe de la ducha, les perteneceré, seré suya. Después, me instalaré durante algunos minutos en la certeza de que esos restos recorrerán cientos de kilómetros alejándose, cuando lo que en realidad harán será unirse al mar donde se evaporarán y elevarán formando nubes para volver a derramarse sobre miles, millones de cabezas que recibirán la lluvia como bendición celestial y que, sin saberlo, les regará de lo mismo de aquello de lo que desean huir, de la desesperanza y la soledad bien sudada. No hay escapatoria. Del cielo nos llueven los clavos. Chin-chin-pun, chin-chin-pun. auschwitz.jpg Antonín Dvorák, sinfonía nº 9, "Del nuevo mundo" para sus compatriotas Pavel Haas, Hans Krása, Viktor Ullmann y Gideon Klein. Compositores muertos en las cámaras de gas, que son sólo un granito de la infinidad de vidas que se truncaron hace ya sesenta años, arrebatándonos Dios sabe cuantísimos instantes emocionados.De torpes a gilipollas, pasando por los melones de albercaLa necesidad que tienen algunas personas de que les aclaren los conceptos (vamos, la sinceridad impuesta) es a estas alturas, imperiosa. Porque ojo, hay quien precisa que se le coja con pinzas y se le meta en un baño de claridad, así, así, con varios aclarados. Los hay al mismo tiempo que confunden los términos, que confunden los fines, los propósitos, las personas, los lugares. Los hay en definitiva, que no saben manejarse y se mueven como elefante en cacharrería bajo la atenta y descojonada mirada de quienes les observan, sin acabar de enterarse —ajenos a sus torpezas (para más INRI) y al tremendo papelón que están haciendo— de la penita que despierta verles patinar y patinar, sin solución de continuidad. Aquí, en este caso, la sinceridad se convierte en una labor humanitaria. Cristiana, incluso. No hay nadie con un corazón en el pecho que vea a otro ser humano hundirse en estos barrizales y le prive de una mano auxiliadora. Que no es eso, joroba. En la mayoría de estos casos es fundamental contar con un receptor con ojos y orejas (al cerebro ya lo hemos descartado). Captar las señales de aviso y derivarlas al terreno de lo útil es fundamental. Los hay que no cogen una, ni al vuelo. Y siguen a lo suyo. Dando el cante a la vista de todos y haciéndoles desear, pero de plano, arrancarse un brazo para darse con él en la cabeza antes que seguir contemplando tan triste panorama. Tan pocas luces. De estos personajes, auténticos torpes elevados a la enésima potencia (a los que un profesional de la salud mental, con diez segundos de observación, podría apellidar más ampliamente) puede esperarse cualquier extremo. Con un poco de suerte derivan en un torpón vocacional: un pato (todos tenemos alguno en la familia, pero inaccesibles al desaliento, seguimos dándoles oportunidades una navidad tras otra pidiéndoles por favor y que con mucho cuidado, lleven la fuente de pavo al curry a la mesa: para desastre de la vianda, la fuente, la cena y los camales de los pantalones de la mitad de la cuadrilla). Y en otras, con peor suerte y algo más de empeño: en un gilipollas. Los gilipollas aprovechan su torpeza para además, engalanarse con fechorías (fechorías del tipo "pues ahora te vas a enterar", con falsete de voz) que ellos mismos ven convertidas en medallitas, que válgame, se cuelgan ¡pam! como aquel mago, ¡ah, sí! el Magic Andreu, que no tenía ningún pudor en hacerlo. Son más previsibles que un semáforo y es mejor dejarlos a su aire porque en el pecado llevan la penitencia, y además, ¡qué leches! que les den. Y, at last, entre el pato vocacional y el gilipollas galopante hay, finalmente, una última categoría (¿a que lo bueno siempre se hace esperar?) a esta postrera la vamos a bautizar: melón de alberca. El melón de alberca (detrás mío comienzan a pasar las diapositivas, no las pierdan de vista) suele moverse por el ámbito de las internetes como pez en el agua. Hace uso del anonimato para, creyéndose más listo que Josele (que como todo el mundo sabe, era "pato" raso), intentar batir todos los records de permanencia y en muchas ocasiones lograrlo, con puntas de hasta veinticinco horas diarias; no sólo con un nombre, no, a veces con varios. A la hora que te asomes está. Flamante. Dispuesto. Con ganas de seguir metiéndola y quedarse más ancho que largo. Con la extraña manía, además, de creerse baladíes de una justicia personal y una venganza merecida que enciende el pelo, por absurda. Y se le deja, y va haciendo, y sigue, y dura, y dura, y dura. Y así, tan ricamente, se va sumergiendo en la red un poco cada día, un poquito y otro poquito detrás hasta que consigue tejer una red de seguidores, todos pendientes de sus melonadas (algunos, aficionados a las pipas) para ver hasta donde es capaz de llegar precisamente porque haciéndose daño a sí mismo, no hace daño a nadie, y tiene su aquel pillarle en los renuncios. Y en fin, dicen aquellos, mientras sólo sea ésto... Y hasta ahí. Lo malo viene cuando meten la pezuña en las cosas del resto, entonces sí. Entonces la sinceridad no sólo se convierte en imprescindible sino que, por increíble que parezca y como ya se dijo al principio, dejando a un lado el alivio o el placer añadido que suponga, es una labor humanitaria. Si se deja a su aire a este melón de alberca, lo más probable es que llegue a unos peligrosos niveles que después sólo se curan en la farmacia. Cuidado. Y claro, los testigos están en la obligación de echar un cable, del tipo que sea, para intentar derramar algo de cordura sobre el asunto, ya torcidísimo y muy decadente, que el melón de alberca tiene a bien denominar, su hábitat. Pero el melón de alberca es cerril y cabezón. Si hay algo que caracteriza al melón de alberca es que es capaz de seguir en sus trece hasta que la misma cabezonería le lleve al siguiente nivel. Por eso igual que se dice "antes que cocinero, fui fraile", muchos gilipollas dicen que antes de ser lo que son, fueron melones de alberca. En su tozudez, ya no son capaces de discernir entre las cosas más lógicas, ni entre el ridículo más espantoso y las mandíbulas asombradas y caídas de sus espectadores. Y ahí van, victoriosos y más listos que Josele (sí, el pato raso), además dándoselas de suficientes, y repartiendo dosis de culpabilidad así, con un juego de muñeca que para sí lo quisiera un masturbador profesional. ¡No hombre no! A éstos, cuando creen estar jorobando lo que hay que hacer es coger una buena sartén en forma de alegato, y darles en la cocorota además, recién comido. Es decir, con ganas. ¡Doing! Y si hace falta otra vez, y otra, ¡doing y doing! y así hasta que sean capaces de decir "veo la luz", y con ella, la esperada llegada de su salvadora: la vida ajena a la red, que parece mentira, pero está llena de agendas, de trabajos, de cosas que realmente sí importan, de responsabilidades inantendidas, de horas y horas de esforzada tarea y de, por qué no decirlo, de familiares a los que les va a encantar ver a sus melones de alberca, volver a casa por Navidad. |
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